Libre Soliloquio

Ideas convertidas en letras digitales

El fin de la soledad



La tarde se hacía más gris con cada minuto que marcaba el reloj.  Las gotas de lluvia golpeaban con fuerza los vidrios de su ventana reclamando atención, y los truenos estaban furiosos. ¿Qué podía estar ocurriendo en el cielo para que el celeste perdiera brillo y se tornara desolado y agresivo?
Elena miraba por la ventana una ciudad bajo estruendos y relámpagos. Llegar a su casa y observar a la gente en la calle, era su momento recreativo luego de una larga jornada de preparar pólizas de seguro, trabajo que ejercía desde que egresó en derecho.
No podía evitar sentir curiosidad sobre las personas que transitaban con apuro, al tiempo que cubrían su cabeza para evitar aquella tormenta irascible.
Desde que vivía en ese pequeño departamento, solía pasar largos periodos observando a los peatones que caminaban por la avenida, imaginando como serían sus vidas o a donde se dirigían.
De repente se sacudió sus fantasías cuando el timbre sonó de manera súbita e inesperada. -Qué raro, hoy no esperaba a nadie- se dijo a sí misma en un susurro.
Al llegar a la puerta observó a una persona a través del ojo espía y decidió abrir.
Al hacerlo se encontró con una rubia de ojos verdes y marcadas curvas entalladas en un vestido rojo de coctel ceñido, con cuello de tortuga y mangas largas. Además de medias panties negras y vertiginosos tacones que hacían juego.
-Buenas tardes, ¿en qué le puedo ayudar? - le dijo a la misteriosa mujer.
- ¿Vive aquí Soledad Mendoza?- preguntó su interlocutora con apuro y desdén
- No, ¿quién es usted? – inquirió Elena con curiosidad.
Aquella pregunta pareció retumbar en el cuerpo de la reservada fémina de una forma inesperada. Se limitó a sonreír, aunque de manera cortada. Elena no estaba segura, pero le pareció haber visto dientes muy amarillos, casi marrones que desentonaban con el resto de la imagen que tenía al frente.
-Quien soy no importa ahora, Elena. Pero en un futuro nos volveremos a encontrar y tendremos chance de conocernos, debo irme, hasta luego.- expresó la catira, se volvió y se dirigió hasta el ascensor.
Elena se limitó a un breve adiós con la mano y se dio la vuelta. Lo que acababa de ocurrir la dejó pensativa, ¿por qué razón una misteriosa mujer en aquella pinta buscaba a una tal soledad en ese edificio?
Sin darle mayor importancia, se dirigió a la cocina a prepararse un sándwich y un jugo de parchita. Sacó el pan, el queso, el jamón y su salsa de alcaparras. Luego tomó la jarra de agua para prepararse el batido cuando una sensación extraña la asaltó en un segundo. Se puso nerviosa y sin notarlo, se le resbaló de las manos el jarrón, volviéndose añicos al estrellarse. –Dios mío, ¿quién era esa mujer y como ha mencionado mi nombre si nunca se lo dije?- se comentó a si misma mientras le temblaban las manos.
Entonces un trueno hizo retumbar el edificio entero, la luz parpadeó y se escuchó un fuerte golpe en la calle seguido de gritos de la multitud.
La abogada corrió a la ventana y observó un cuerpo tendido en la calle. Una mórbida curiosidad la invadió, así que tomó sus llaves y bajo rápidamente.     

Al arribar a planta baja vio al vigilante de la residencia con cara de indignación y le preguntó qué había ocurrido.
- La señora del 9, se ha lanzado por la ventana, al parecer estaba totalmente sola, nadie la había visto salir en un par de días, dicen que sufría de depresión y decidió acabar con su dolor. Pobre Soledad.- finalizó el hombre mientras bajaba la mirada y negaba con la cabeza.
-¿Soledad ha dicho usted, Soledad Mendoza? Hace minutos una mujer tocó a mi puerta preguntando por ella.-manifestó.
-¿Una mujer, cómo era?- replicó el portero.
- Rubia y con un vestido rojo- respondió Elena.
- Imposible, semejante pinta no habría pasado por alto – contestó el señor.
-¿A qué se refiere? – quiso saber la abogada
- Me refiero a que desde que comenzó la tormenta hace un par de horas, nadie ha entrado o salido del edificio. Además, la puerta de atrás está clausurada, si quiere comprobamos.
En efecto, bajo dos candados se encontraba cerrada la entrada de la parte posterior.
Al cabo de un rato, llegó la policía y comenzó a hacer preguntas. Elena les contó de la rubia misteriosa. Los azules registraron el apartamento de la fallecida, pero no encontraron rastros de que hubiese estado otra persona. Preguntaron a los vecinos sobre la mujer mencionada, pero nadie en las cercanías parecía reconocer tal descripción.
Elena se sentía desconsolada, indignada, contrariada, entonces su vista se fijó en un pequeño trozo de papel cerca del vestíbulo de los apartamentos. Lo recogió y al fijarse que tenía un breve texto lo leyó y sus letras no hicieron otra cosa que despertarle un escalofrío que le subió por la espina.
Ya no estará sola
Ya no lo estará
Ya se ha acabado su Soledad

Afuera las tristezas
Afuera el dolor
El sentimiento se marchó

Ahora solo en paz
Me verán caer
Cuenten hasta diez
Ahora no me ven

S.M.

Al entregárselo a los efectivos, uno de ellos afirmó que se trataba de un poema de suicido, pero que primero debían culminar las pesquisas para asegurarse de ello.
Elena, apenada y frustrada subió a su casa. No podía haber imaginado a esa mujer repelente, pájaro de mal agüero, no pudo ser casualidad…



Nairim Amaya M.


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